La libertad de los hijos

Enviado por Diana Ramos

el amor, la autoridad y la libertad

Uno de los valores y virtudes que estaremos reflexionando en Discovery School el próximo mes de mayo es la autonomía, muy relacionada con la libertad, ya que sin ésta es difícil que podamos ser independientes.
Tomás Melendo Granados es  Doctor en Ciencias de la Educación y Doctor en Filosofía, realizó sus estudios superiores en la Universidad de Navarra, ha escrito más de 40 libros y publicado un centenar de artículos para revistas. Su especialidad: La familia, aquí les comparto este interesante artículo sobre la Libertad de los hijos.

La libertad de los hijos
En bastantes ocasiones he expuesto por extenso que educar cabalmente a nuestros hijos se reduce, en fin de cuentas, a «enseñarles a amar a los demás y poner en sordina el propio yo». Y en muchas otras —pues en el fondo vienen a coincidir, en cuanto se advierte que el acto más propio de la libertad es el amor—, que la educación consiste en fomentar progresivamente, en la mayor medida admitida en cada caso, la libertad de quienes están a nuestro cargo.

No puedo detenerme a exponer por extenso hasta qué punto el amor es, en definitiva, el objetivo terminal y exclusivo de toda vida humana. Somos, cada uno de nosotros, un ser-para-el-amor (y, más todavía, para-el-Amor); y cuanto en nuestra vida no acabe por transformarse en amor cabal, genuino, no solo resulta inútil, sino, en la mayoría de los casos, perjudicial.

Ni tampoco a hacer ver (aunque algo diré un poco más tarde) cómo, considerando la cuestión a fondo y con radicalidad, el único sentido de la libertad humana es el amor y, por ende, el compromiso y la entrega.

Intentaré, por tanto, explicarme dentro de los límites de que dispongo.

Volviendo del revés afirmaciones célebres de Hegel y otros filósofos, Kierkegaard demostró cómo la existencia de Dios no solo no es incompatible con la libertad humana, sino que, muy al contrario, esa libertad constituye la prueba más clara de que hay un Dios omnipotente.

Las razones que aduce no son muy distintas a las que expuso Tomás de Aquino, anticipándose a las objeciones de Occam. El filósofo medieval viene a decir, con certera sencillez, que supone mucho más poder crear realidades capaces de obrar por sí mismas —y, en la cumbre, libremente—, que dar «vida» (¿?) a una especie de títeres movidos única y meramente por su Artífice.

Kierkegaard acentúa el sentido de la libertad creada, y se apoya con eficacia en ella para mostrar la grandeza del Dios creador. En definitiva, resume, solo el Omnipotente puede crear seres libres. Y Cardona comenta: «Cuanto más perfecta es una causa, tanto más autónomos son sus efectos, más les participa su propia perfección, también causal: así, los padres que de tal modo educan a sus hijos, que les hacen capaces de valerse por sí mismos; así, el maestro que no solo hace discípulos, sino maestros».

Y agrega, de inmediato, el corolario que más interesa resaltar: «Todo defecto de causalidad genera dependencia (en toda relación afectiva y educativa esto habría de tenerse muy en cuenta)».

Tan en cuenta, añado yo, que hacer ¡y mantener! a los hijos «dependientes» del padre o de la madre (o de ambos en común) puede considerarse como el mayor fracaso en su labor educativa.

Los padres, sin renunciar en absoluto al cariño derivado de la consanguinidad con sus hijos, han de aprender a amarlos —también y sobre todo— por su condición de personas, o, si se prefiere, pues viene a ser idéntico, por el hecho mucho más radical de ser hijos de Dios.

En la práctica, por tanto, la primera tarea que se impone a los padres (también esta vez desde el punto de vista de naturaleza y, en muchos casos, temporal) es la de ir enriqueciendo el amor natural a cada hijo por ser suyo con el amor electivo derivado de su condición de persona (hijo de Dios): perder protagonismo —como antes apuntaba— en beneficio del amado; instaurar la primacía radical y concluyente del tú.

Porque solo cuando aprendan a percibir sin reservas al hijo como distinto de ellos, como persona individual e irrepetible, con un destino exclusivo de amor en Dios y unas vías para llegar hasta Él únicas, no intercambiables… ¡y que nadie puede recorrer en su lugar!, estarán en condiciones de comprender el significado genuino de la libertad de esos hijos y, por ende, la necesidad de que sean ellos quienes, cuanto antes, emprendan por sí mismos el itinerario que los encaminará, con ayuda de la gracia, hasta el seno mismo de la Trinidad Beatísima.

“Los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos. Su tarea empieza en la concepción del hijo y su labor se prolonga durante toda la vida…”  Por eso importa la familia.

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