el-faro

Enviado por Azalea Esperón – maestra de preparatoria.

Tengo unos hijos felices. Puedo decir esto honesta y sencillamente. Hoy tengo dos hijos felices y mucho trabajo me ha costado, lo se. La felicidad cuesta trabajo y viene siempre con un precio. Pero la recompensa sobrepasa, por mucho, al dolor o al cansancio. La recompensa que a veces no es evidente… que se esconde y se pierde en la rutina interminable de cada día pero que, cuando sale a la luz, es tan brillante como un faro en la oscuridad.

Ayer en la tarde observaba a mis niños correr y gritar. Miércoles en la noche, yo exhausta después de un largo día de trabajo. Y sí, mi primer impulso fue pedirles que “se calmaran”, “que guardaran silencio”. Reclamar mi espacio de madre cansada… Justificando mi poca paciencia con todos los argumentos posibles. Pero guardé silencio y los observé. Detuve ese impulso un minuto más y ese minuto se convirtió en una epifanía. De repente lo entendí, lo sentí verdaderamente. Tengo hijos felices y sanos, que gritan, que corren dentro de la casa, que se trepan a los sillones imaginándolos árboles, que persiguen perros y gatos como si fueran enormes bestias amenazantes para, al final, abrazarlos y tirarse al piso en medio de una carcajada, de esas que salen de estómago como una cascada fuerte y sonora. Sí, son felices. Sí, lo que a mí me tocó hacer para contribuir a esta felicidad, me salió bien. Y de repente me inundó, como una ola, la Felicidad. Felicidad con mayúscula, trascendente, profunda. Que fácil parece, que fácil damos por sentado estos momentos. Pensamos que podemos ser padres y guiar una pequeña vida hacia el camino correcto. Pensamos que estos momentos de ruido, desorden y pequeño caos, son una molestia, que durarán para siempre, que son un castigo, que algo malo habremos hecho para merecer el increíble estrés de ser madre. Los pensamientos que rondan la mente mientras avanza la noche a veces se vuelven increíblemente oscuros, producto del cansancio y de la sensación de haber perdido por completo el control de la situación, de los hijos, de la vida propia.

Pero llega la epifanía. Llega la revelación como una luz, como un bálsamo sobre el alma, sobre esta mente “sobretrabajada”, sobre el cuerpo cansado de despertarse temprano y dormirse tarde. “Lo he hecho bien. Algo he hecho bien.”- piensas. Los resultados de tanta desvelada, planeación de rutinas que funcionen, innumerables comidas, baños, cortadas de uñas, lavar, planchar y volver a lavar. Almuerzos (que tantas veces se quedan intactos en la lonchera), doctores, dentistas, lavadas de dientes, fiestas infantiles, tareas…. Tantos días de tratar de mantener cierto control sobre la situación de ser madre, tantos esfuerzos útiles e inútiles. Todo fue para algo. Todo.

Cuando estos instantes de apreciación llegan, cuando por fin ves a tus hijos desde afuera, como una simple observadora que se maravilla ante la belleza de lo que sucede frente a ti, lo natural es que quieras quedarte en esa sensación para siempre… saboreándola, disfrutándola. Y lo natural, también, es que el momento acabe. Ese momento encerradito en una burbuja de jabón se rompe. Y queda la cotidianidad enfrentándonos otra vez. Llega la hora de la cena, de la lavada de dientes, la persecución para la puesta del pijama, la negociación y la súplica. El deseo de los niños porque el día nunca acabe. Y el deseo de la madre porque esa parte del día llegue a su fin.

El momento de epifanía dura eso, un momento. Pero es el combustible, es la batería que da fuerza para por lo menos otras semanas de trabajo metódico y casi mecánico; siempre con amor y con paciencia, pero calladamente, siempre esperando otro instante de asombro y contemplación.

A veces simplemente debemos relajarnos y dejar de querer controlarlo todo. Y una vez pasado el impulso inicial de gritar órdenes, de exigir silencio, de imponer orden a nuestros hijos porque nosotros estamos cansados o de mal humor, lograremos ver desde la otra orilla la maravilla de la vida manifestándose en pequeñas voces, en carcajadas, en un cuerpecito perfecto que brinca, que se mueve, que corre… y que está dispuesto a sorprendernos siempre, siempre con una manifestación del amor más puro, con un abrazo, con un beso, si tan solo le damos la oportunidad.

A veces simplemente tenemos que respirar y detenernos a observar. Y si la noche se vuelve muy oscura, buscar nuestro faro.

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