ayuno

Todos experimentamos en nuestra vida el bien al hacer ayuno por una causa

¿Has sentido alguna vez hambre? ¿Por cuánto tiempo? ¿Dos horas? ¿Una tarde? A veces uno se salta una comida porque se complica su trabajo, y cuando ya ha quedado libre y regresa a casa, es como si el cerebro diera la orden al estómago de que comience a sentir hambre. ¡Devoraríamos un tigre!

Es muy posible que nosotros, que tenemos la suerte de estar conectados a internet y gozamos de luz eléctrica para cargar el celular o el pc, no hayamos sentido los arañazos del hambre de verdad, la que pasan millones de personas en el planeta a diario.

Una experiencia positiva
Yo solo he rozado el hambre de pasada. En 1991, en un campo de ayuda humanitaria en Lituania, nos quedamos sin alimentos y éramos 50 jóvenes. Pero al menos teníamos agua corriente, pan, bastante leche y remolachas (siempre recordaré el color de la crema de remolacha, que nos sustentó en aquellas jornadas de trabajo en el hospital y la residencia de ancianos y discapacitados). Al regresar a casa, hice el propósito de que nunca más me quejaría.

Aquella experiencia nos unió profundamente. ¿Por qué haces ayuda humanitaria? ¿Para qué has recorrido 3.000 kilómetros?, nos preguntábamos en nuestro interior. Encontrar una dificultad tan seria nos ayudó a poner el foco sobre lo importante, sobre el auténtico sentido del viaje.

Nos hizo madurar
Puesto que el objetivo era ayudar a las personas del país, nuestro problema quedó en un plano secundario y eso nos hizo madurar. Aprendimos a callar, a trabajar en la sombra, a dar lo propio para que se repartiera entre los demás sin que se dieran cuenta… y a llevarlo con alegría.

Desde entonces, entiendo por qué en todas las culturas se elogia el ayuno como vía de crecimiento personal.

No se trata de ayunar para hacer dieta y perder unos kilos de más. Hablamos de ayunar para conectar con otra realidad: ayuno y así el dinero que no gastaré en comida lo donaré a los pobres de mi ciudad. En ese tipo de ayuno, cada vez que me niego la comida a mí misma hace que piense en las personas que recibirán la ayuda.

Y ese ayuno ya no es entonces una privación material sino además un proceso de reflexión sobre quiénes son esos pobres, cuáles son sus nombres, cómo llegaron a esa situación, qué necesitarían para salir de ella y qué puedo hacer yo para mejorar su vida.

Algunas personas que han comenzado por ayunar en favor de unos necesitados de África o la India, acaban más involucrados: viajan, piden colaboración a amigos, ayudan con su trabajo profesional,apadrinan a un pequeño o incluso descubren que su auténtica vocación es estar cerca de esos desamparados trabajando como carpinteros, médicos, ingenieros, maestros…

“El ayuno nos despierta”, ha dicho recientemente el Papa Francisco. Él sabe que el ayuno no solo es asunto de católicos y así lo ha expresado en su Mensaje para la Cuaresma de 2018.

“El ayuno permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre”, dice Francisco. Ahí cabemos todos, católicos y no, porque nos hace “estar más atentos”.

Además, ayunar nos lleva a encontrarnos con lo más profundo de nosotros porque nos recuerda que no somos solo materia. Sabemos controlar nuestro instinto para comer (beber o, por extensión, puede hacerse con el fumar) porque guiamos nuestro espíritu hacia un bien superior: la solidaridad, la ayuda a otros…

Me dirán que estar sin una comida produce mal genio, pero (aunque resulte paradójico) también les invito a que comprueben que ayunar nos hace mansos. Nos despega de la avidez del dinero, del hambre desmedida de poseer cosas, que es lo que en definitiva nos aparta de las demás personas.

Hacer ayuno nos une al “otro”, sobre todo a los que quizá hasta ahora han estado demasiado poco en nuestros pensamientos. Este año y tal vez hoy sea un espléndido día para cambiar.

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